EL POZO DE ONETTI PDF

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Author:Diktilar Minos
Country:Portugal
Language:English (Spanish)
Genre:Marketing
Published (Last):15 March 2006
Pages:205
PDF File Size:7.57 Mb
ePub File Size:20.47 Mb
ISBN:286-3-53097-156-4
Downloads:88654
Price:Free* [*Free Regsitration Required]
Uploader:Shaktigrel



Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios. La barbilla, sin afeitar, me rozaba los hombros. Ni siquiera tengo tabaco. No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Ahora se siente menos calor y puede ser que de noche refresque. Estoy resuelto a no poner nada de la Infancia.

Debe ser el calor. Pero ahora quiero algo distinto. Algo mejor que la historia de las cosas que me sucedieron. Es absurdo. Era una noche caliente, sin luna, con un cielo negro lleno de estrellas.

Todo menos el final, aunque esperaba una cosa con el mismo sentido. Yo le hablaba de Arsenio, bromeando. A ratos se olvidaba y me iba golpeando con el hombro al caminar, dos o tres veces seguidas. Le dije que Arsenio estaba en la casita del jardinero, en la pieza del frente, fumando en la ventana, solo. Nos combinamos para entrar por la puerta del fondo y sorprenderlo. Ella iba adelante, un poco agachada para que no pudieran verla, con mil precauciones para no hacer ruido al pisar las hojas.

Pero entonces yo no la miraba con deseo. En la otra pieza. Dio media vuelta y vino corriendo, desesperada, hasta la puerta. Yo adivinaba que estaba llorando sin hacer gestos. Desnuda, se extiende sobre la arpillera de la cama de hojas. Es en Alaska, cerca del bosque de pinos donde trabajo. O en Klondike, en una mina de oro. O en Suiza, a miles de metros de altura, en un chalet donde me he escondido para poder terminar en paz mi obra maestra.

Pero, en todo caso, es un lugar con nieve. Hemos pasado la noche jugando a las cartas, fumando y bebiendo. Somos los cuatro de siempre.

Azuzo los perros y algo. Cierro la puerta —sin trancarla, claro— y me acuclillo frente a la chimenea para encenderla. Miro el movimiento del fuego y acerco el pecho al calor, las manos y las orejas. Nunca nos hablamos. Es entonces, exactamente, que empieza la aventura. Pobre hombre. Hace horas que escribo y estoy contento porque no me canso ni me aburro.

Esto, lo que siento, es la verdadera aventura. Cordes es un poeta; la mujer, Ester, una prostituta. Y sin embargo Hay dos cosas que quiero aclarar, de una vez por todas. Ni sombra de mujer en las otras.

Claro que terminamos hablando de literatura. Hanka tiene trescientos pesos por mes o algo parecido. Ya no tengo otra cosa que esperar. Hay solamente hombres y mujeres que son unos animales. Hanka me aburre; cuando pienso en las mujeres Ninguna de esas bestias puede comprender nada.

Es como una obra de arte. Hay solamente un plano donde puede ser entendida. Ester costaba dos pesos, uno para ella y otro para el hotel. Si me viste cara de otaria Desde entonces me propuse tenerla gratis. Pagando nunca. Me insultaba y se iba.

Ya no se trataba de nosotros. No encuentro otra palabra. Era mejor que ella, mucho mejor que yo. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud.

Pero en el sumario hay algo que no puedo olvidar. No trato de justificarme; pueden escribir lo que quieran las ratas del juzgado. La poca gente que conozco es indigna de que el sol le toque en la cara. Nunca pude dormirme antes que Pila. Siempre tuve miedo de dormir antes que ella, sin saber la causa.

Era precisamente, la rambla a la altura de Eduardo Acevedo, una noche de verano, antes de casarnos. Pero esto tampoco tiene que ver con lo que me interesa decir. Vino a mi mesa y estuvo cerca de una hora sin hablar. No le hice caso. A porfiado nadie te gana. El hotel estaba en Liniers, frente al mercado. Pero no estoy seguro. Ella dijo alguna estupidez, bostezando, otra vez frente al espejo. Llegaba el ruido de carros pesados y de gallos.

Yo le digo Nederland por una cosa. Era una pobre mujer y fue una imbecilidad hablarle de esto. A veces pienso en ella y hay una aventura en que Ester viene a visitarme o nos encontramos por casualidad, tomamos y hablamos como buenos amigos.

No tengo idea de la hora. Claro que esto no dura mucho. Sos un desciasado, eso. Va, va Son siempre los millones de otarios como vos los que van al matadero. Sabe llenarse la boca con una palabra y la hace sonar como si escupiera. Era una avalancha. Es en el fondo un juego de toma y daca. Si uno fuera una bestia rubia, acaso comprendiera a Hitler. Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos. Pero todo esto me aburre. Debo tener el recorte en alguna de las valijas, pero no vale la pena de ponerme a buscarlo ahora.

Pero hay que leer el poema. Cordes tiene mucho talento, es innegable. Yo fumaba en silencio, con los ojos bajos, sin ver nada. Me mortificaba la idea de que era forzoso retribuir a Cordes sus versos. Cada uno da lo que tiene. Fue como si, corriendo en la noche, me diera de narices contra un muro. El dijo: —Es muy hermoso Algo estaba muerto entre nosotros. Cordes, Ester y todo el mundo, menefrego. A veces pienso que esta bestia es mejor que yo.

El cansancio me trae pensamientos sin esperanza. Estoy tirado y el tiempo pasa.

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